9.4.05

Prefacio

La muerte de todo el mundo fue demasiado para Agus. Lo habría sido para cualquiera, y él, un niño de nueve años que en verdad tenía muchos más, no era una excepción. Tanto dolor y tanto miedo no se pueden disimular a la luz de la mirada herida o en la grieta de una voz rota. Sí es que alguien tiene alguna intención de disimular nada, cuando de repente el suelo desaparece de debajo de los pies y te deja suspendido en el aire, columpiándote sobre un abismo profundo. Demasiado exagerado para llorar ninguna lágrima, así de pronto, que esté a la altura. Un choque emocional tan descomunal, tan desproporcionado y fuera de toda medida, que cualquier persona, por muy monje tibetano rapado al cero que fuera, por muchas paseadas por la playa que hubiera hecho cuando era un infante, o por mucho que se hubiera relajado tranquilamente debajo de una higuera los domingos sin fútbol, no habría podido esquivar el arañazo envenenado que se le clavó en lo más intimo y frágil del alma.

Ni el profeta oficial del apocalipsis sería capaz de asimilar y soportar esta desesperación grandilocuente universal dentro del estómago; al menos, sin la ayuda de algún sedante potente, rellenado de vitamina N y con colorante magenta, muy eficaz para un elefante adulto con una depresión de caballo adolescente.
La droga mata pero a veces te ayuda a vivir.
Detiene el mundo para que puedas bajar a estirar las piernas, a hacer una pausa entre una vida pasada y otra nueva de fábrica, completamente diferente.
Los desgraciados de los yonquis son los reyes de la evasión cuando uno se quiere escabullir del cautiverio de la tristeza mundana. Flipar para huir de la factura inhumana de la existencia.
El falso atajo de la desesperación.
Fue un accidente de tráfico muy aparatoso. Un accidente múltiple de siete en cadena interminable; con sus vueltas de campana fuera de lugar; vidrios rotos en pedazos agrietados; ceniceros desesperadamente volcados al freno del impacto, y guanteras profanadas por contusiones antiestéticas fruto de golpes colaterales y fortuitos. El olor de gasolina quemada por las llamas de fuegos artificiales travestidos a fuegos naturales, todos ellos reflejados en los charcos de sangre coagulada que había sobre la alfombra kilométrica de cemento gris pastel, que artísticamente discutible, conducía al horizonte lejano dibujado por las montañas que decoraban la inmensidad de un campo visual tan sólo interrumpido por la orgía humeante de hierros entrelazados necrológicamente, talmente una barricada republicana.

Un accidente de carretera muy bonito para ver por la tele mientras se come un primer plato. Rutinario para la estadística del fin de semana.
Los había matado a todos, desmenuzando el epicentro del mundo que conocía hasta entonces. El destino dio un golpe de timón demasiado brusco y el impacto matriculado lo había dejado sin padre, sin madre, sin hermana gemela, y sin un perrito sin nombre que no conocía porque todavía no se lo habían regalado.
De repente, Agustín, a quien todo el mundo llamaba Agus, se había quedado solo en el mundo.
En un suspiro de conserje aburrido, un niño huérfano andaba rodeado de nadie. Ningún familiar, ni directo ni indirecto se podría hacer cargo, no existía.
Alguien había apagado la luz.

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